Por ese eterno deseo insatisfecho

Percibimos la realidad, la interpretamos; despues la criticamos y la analizamos, luego proponemos y la transformamos.

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jueves, 28 de julio de 2011

INDIGENISMO CITADINO

Llevaba alrededor de ocho estaciones recorridas en metro y ya estaba hasta la madre de escuchar a los vendedores: rastrillos, lupas, engrapadoras, libros, discos, etc. En todos los vagones habrá siempre un vendedor de fruslerías. Pero el siguiente no sería un vendedor ordinario, esta vez sería diferente, la recordaría como la insensibilidad. Entró una indígena, con armónica de su abuelo, tocándola con rapidez, inflando y desinflando sus cachetes pétreos como los pezones, provocando una armonía enajenadora. Sólo ofrecía dos tonos y muchos soplidos al azar. La anciana se acercaba con rapidez para su edad prosaica: sin mirar qué pisaba enfrente, pues era ciega. En una mano llevaba un bastón y con la otra el instrumento musical. De su brazo derecho traía colgando una cubetita en donde los pasajeros del metro debíamos depositarle nuestra lástima en forma de moneda. Yo no tenía planeado darle alguna moneda porque desde hacía tiempo regalaba de esa manera mi dinero hasta que, después de vivir famélicamente, reflexioné que “está cabrón darle dinero a cada jodido que veo en la calle”. Mi madre siempre me lo dijo: eres un blandengue. Ya había decidido solidificar pero esta indígena me traía recuerdos de mis raíces, como si mis antepasados me llamaran. Cada que se acercaba a mi lugar, en donde estaba sentado, me acongojaba más y más en cada paso pequeñito que ella daba; hasta me daban ganas de llorar, darle todo mi dinero y sentirme más cerca del cielo. Pero era lo contrario, sabía que mi dinero sólo la aliviaría momentáneamente pero jamás la iba a curar. Refunfuñaba cómo diantres era posible que una señora mayor, con canas y arrugas, ciega y frágil, pueda estar caminando entre los cuerpos inertes y desinteresados. “¿Hola, cómo estás Dios? ¿estás?”. Deliraba estupideces que podrían ser las respuestas: la necesidad, el gobierno, los astros, Dios, el sistema, el neoliberalismo, el narcotráfico, el fútbol.

Pero a la única certeza que llegué es que los indígenas deberían ser los pobladores más dignos de México.

Entonces pasó frente a mí, chocando su bastón en el piso. Su armónica era hermosa, color amarilla y ensalivada, vieja; por un momento pensé que el sonido había absorbido al tiempo, es decir, como si la armónica hubiera capturado a los segundos y en cada soplido que la anciana daba, pasaba un segundo frente a mis sentidos, con rapidez y armonía.

Le coloqué en la cubetita cuarenta y cuatro pesos, lo que me había sobrado del billete de cincuenta con el que pagué dos boletos del metro. Recordé a mi madre. Después a mi abuela, y al final a la bisabuela, que había muerto de ochenta y tantos años unos meses atrás. Morenas, trabajadoras, cocineras, ejemplares. Gachamente espirituales, bondadosas y hasta mitológicas.

La anciana terminó de recolectar dinero en el vagón donde iba y salió de él tan deprisa que pudo entrar a otro más en el mismo tren. Finalmente, a tumbos entró a otro vagón.

Pero... ¿Alguien más habrá sentido en ese otro vagón lo que yo sentí?

domingo, 3 de abril de 2011

El impacto narrativo de Justina

Justina estaba escribiendo un relato sobre el transporte público. Tenía una extraña obsesión por el tren ligero y su operador. Creía que el silencio del conductor era de los silencios más riesgosos y erógenos.

Terminó su relato en primera persona en donde el narrador era el conductor del tren. La historia estaba influenciada en gran medida por el Marqués de Sade, en donde lo más importante es satisfacer los más sucios instintos fantásticos, únicamente sexuales.

El relato ya tenía semanas de haberse escrito y aun no había sido leído, ni siquiera por ella misma. Hasta que un mes después su madre lo descubrió, estaba bajo llave en aquél ropero viejo. Cuando lo leyó, por un momento pensó que su hija tenía serios problemas mentales. Pero después agradecería haber encontrado la llave del ropero y sentir los placeres de un texto como ese.

Ese mismo día Justina llegó a las once de la noche. Fue el día en que se desencadenó una sarta de eventos memorables. Su madre había pegado con un imán el relato en el refrigerador como una forma de regaño a manera de halago; su hermana ya lo había leído y fue cuando el texto dejó de ser fantasía sólo de Justina para ser parte también de su pequeña familia; incluso meses después Justina se enteraría que su hermana junto con su madre iban todos los fines de semana a la línea más lejana del metro a satisfacer las realidades del relato.

Pero Justina ese día llegó con una sonrisa dibujada en el rostro, y no se enojó, sólo arrancó los papeles del refrigerador y aunque se sentía invadida, se fue tranquilamente a la cama a recordar lo sucedido ese día: había roto por fin el silencio de un chofer de tren, estuvo dando vueltas con él andén por andén, por largas horas. El nombre del chofer era Ricardo, alias Don Ricardo, y tenía aspecto nonagenario pero tenía sesenta años, era una antigüedad que podía presumir de una saludable erección. Intercambiaron números de teléfonos y quedaron en que el próximo domingo harían lo mismo. Por fin Justina fue parte de ese silencio y quería seguir siéndolo, quería dormir en el silencio del conductor del tren.

De pronto apareció su madre en el marco de la puerta pidiendo una justificación del texto, como cualquier incomprensible maestro de narrativa. Justina se sintió más invadida y lo que hizo fue salir corriendo. Eran las once y media y aun faltaba media hora para la última corrida del tren. Le marcó a Don Ricardo, corrió al andén y esperó a que llegara con sus vagones. Tardó diez minutos. Subió al primer vagón, con Don Ricardo, y cuando todavía faltaban cinco estaciones para llegar a la terminal, Justina le leyó el relato.

A Ricardo se le empezó a parar lentamente el miembro, Justina lloraba y leía muy sutil, tocándose los senos como si los estuviera conociendo apenas, así como cuando tocamos lo somero del pasto con la palma de nuestras manos. A Don Ricardo se le terminó de parar el pene. Detuvo el tren en medio del penúltimo túnel y antes de que Justina concluyera su lectura, la despojó de sus bienes materiales y la penetró frente a las últimas personas que miraban con cautela desde el primer vagón. Fue una penetración sumamente silenciosa y erógena, como el silencio que Justina amaba.

Don Ricardo al día siguiente ya no pudo conducir más, quería ser como Justina, quería ser Justina: quería estar al lado de un conductor y narrarle el relato. Por eso renunció a su trabajo, sin importarle su familia, pero aun así todos los días se le vería en algún tren, difundiendo el relato de Justina y teniendo sexo desenfrenado con los conductores.

martes, 15 de junio de 2010

mierda

Ella se pasea por el lado oscuro de su colchón pensando en qué agonía dudosa cometería la siguiente noche. Compra un vestido caro de sueños baratos, eso está indiscutible. Tendrá que afrontar la situación de convencer al timorato colega a usar calzado respetable para la gran noche. Ninguna noche jamás había sido tan impetuosa.
Él sufre gripe y un poco de tos, se emborracha, se empalaga y fuma de melancolía, pensamientos y amigos. No puede llegar a fondo de bikini por falta de dinero, pero lo intenta con un inexplorado atajo, ese atajo de la vida que jamás ha sido encontrado. Cansado mejor se queda dormido.
Ella despierta sin desayunar porque leyó en la prensa local que el desayuno es un producto de la mercadotecnia, en concreto: un invento de un cabeza de los cereales. Un tanto ideática, sin culpa. Él despierta ignorando que su amor, ese eterno deseo insatisfecho, jamás fue, es, ni será valorado. Aunque también piensa que el amor es invaluable, curioso aprieto. Y sigue con tos y gripe. Ella de dirige -en camión- al salón de belleza y un niño la besa, cuestiona su suerte. Le platica a su amiga y le dio un aconsejo: que también lo hubiera besado; ya para qué me lo dice y para qué lo besaría, pensó ella, es puro contacto físico-carnal. Otra vez se mostró otro tanto ideática. Él se baña solo (tuvo que calentar agua porque su tos y gripe progresaba) y cuenta con más suerte, nadie lo besa. Se dirige a la fiesta (enzapatado y aburrido, sin olvidar sus enfermedades y el síntoma del sueño y la resaca que intentó curar con cerveza), la gran noche había llegado. Ella sale con medio kilo de plástico en el cuerpo, desde la frente hasta las piernas. Él sonríe y por poco se le sale una contingente e imprudente flema por la nariz. Llegan, bailan y sólo Él toma cerveza. Gasta su dinero, su saldo del celular y su escasa energía. Los dos quieren besarse pero sus valores y principios juegan a ser disidentes a ello, sus deseos frágiles no podían hacer nada. No son novios, sólo simulan serlo. Él se decide y de alternativa arroja un comentario al aire sobre la posible congregación. Ella se lo niega rotunda, grotesca, descarada, sonrientemente; que obviamente no serán novios. La noche no es joven y se deben ir. Se van confusamente agarrados de la mano por un camino a media luz. Ella se hace preguntas sobre el chico que la besó. Él cabizbajo, pisa mierda de perro, pareció ser el resumen del día. Exclamó en su interior: ¡Mierda!

miércoles, 26 de mayo de 2010

¿Quién carajos es Jonhy?

Era noche lluviosa. Y fría; de enero, y Raymundo no dominaba aun el sueño, era incapaz de tener esa cosmovisión del mundo real. Tenía insomnio pues. Aparte de la falta de sueño, algo andaba mal, su cara lo delataba: mentón largo, boca absolutamente cerrada y sus ojos caídos, como si hubiese fumado de su habitual ‘yerba’. Su padre no había llegado del trabajo, en realidad eso era lo que le inquietaba a Raymundo esa noche que parecía tétrica pero en realidad sólo era lluviosa, porque las películas que había visto por cablevisión le hicieron pensar que las noches lluviosas son lúgubres, al igual que a sus amigos y a los amigos de sus amigos. Su padre que siempre llega a las seis de la tarde, ese día no llegó. Eran las once de la noche y no aparecía, supuso que si salió de algún bar a las diez, llegaría a las once, porque el tiempo para llegar a su casa implica una hora, pues vive lejos del centro de la ciudad, en los suburbios, uno de esos barrios obreros que a nadie le importa.
Pues bien, el padre de él no había llegado y estaba desesperado; abrió el libro La metamorfosis y no tuvo ánimos de leerlo, sólo miró algunos dibujos de hombres-cucarachas, bajó a tomar agua, el agua sabía metal; subió de nuevo a su cuchitril y se sentó a tocar la guitarra, por simple desviación mental. Los malos pensamientos llegaron: se preguntaba si su padre, en donde sea que esté, si estaba bien; ¿no se habrá tomado algunas cervezas y mareado en la calle y en efecto algún carro lo atropelló? ¿No lo habrán levantado algunos pelafustanes para vender sus órganos en el mercado negro?
En fin, Raymundo seguía pensando lo peor. En una de esas monótonas vueltas del círculo de sol, entra su papá y le da un beso en la cabeza, se saludan cordialmente como siempre lo han hecho, como si fueran las cuatro de la tarde. Su padre entra a la regadera y después se va a la cama con Doña Susana. Raymundo recuerda que hay que llevar dinero extra a la escuela por la eminente visita al acuario de la ciudad. Muy imprudente entra a la habitación de sus padres, ya estaban completamente dormidos, decidió no despertarlos y antes de que pudiera salir, su padre –dormido- repitió: “Jonhy”, Raymundo trató de averiguar quién era Jonhy, su padre sólo contestaba: “Jonhy, mi querido Jonhy. Dónde estás Jonhy, no te escondas Jonhy, ya te vi enteco”. Raymundo no supo qué quería decir con “enteco’, muy confundido y basado en el subterfugio de un sorpresivo dolor en la espalda, se recostó y cuestionó su contingencia: “¿A quién habrá besado mi padre antes que a mí? ¿Quién carajos es Jonhy?”

jueves, 29 de abril de 2010

La habitación del pánico


Todo iba bien, mejor de lo esperado: se despidió de su novia, cenó chilaquiles, se bañó y lavó las tortugas que tenía de mascotas, una se llamaba Maclovia y otra Hortensia. Una vez en la cama, acostado bocabajo empezó a leer, no entendía la filosofía existencialista. Tenía alrededor de 30 minutos leyendo cuando en un parpadeo se percató de dos antenas saliendo del borde del colchón, su vista alcanzó a ver a la criatura poseedora de las susodichas antenas: una asquerosa, negra e imprudente cucaracha. Raymundo sin mucho que pensar, tomó un guarache e intentó matarla, un golpe en el cuerpo no bastó, parecía mareada, daba vueltas intentando escapar. Al fin se refugió en algún sitio de cortina oscura de la ventana. Raymundo sacudió la cortina y el colchón pero la cucaracha no salió. En un acto de heroísmo levantó toda la cortina con una mano mientras que con la otra sujetaba el latente guarache vengador. Vaya sorpresa que se llevó cuando desde el más profundo rincón de la esquina de su ventana escapó volando el metiche insecto. Raymundo, del susto por la impresión, cerró los ojos y no vio en dónde aterrizó, la buscó en todo el cuarto pero nada, como si hubiera desaparecido de la faz de la habitación. Creyó inoportuno seguir leyendo, además sus incómodos pensamientos no lo iban a dejar. Desde luego, empezaron las hipótesis, desde que si me sale por atrás, si vuela y me cae en la cabeza, o ya dormido que llegue a la cama, se me suba encima y entre por uno de mis orificios del cuerpo, todo esto le siguió con varios reproches a la evolución animal, ¿por qué las cucarachas tienen alas? Es injusto para las ratas, lagartijas, arañas y/o serpientes.
Luego de descansar de aquella pequeña batalla, que claro, perdió; prendió el televisor, estaban los Simpson y su teatro absurdo, irracional y sin sentido, burlándose de la vida de los humanos; en el capitulo March amenazaba a Bart con castigarlo borrándole sus tonos preferidos del celular, o lo que es peor: despojarlo del Internet; absurdo pero cierto, en cuanto a castigos infantiles del siglo veintiuno.
Después de un rato de que Raymundo recobrara confianza en su cuarto, siguió buscando a la cucaracha, lo distrajo el calendario que tenía colgado en la misma pared que se encuentra el aire acondicionado. Era uno de esos que tiene una foto de diferente chica para cada mes, estaba una morena perfectamente maquillada posando en un pupitre, señalando marzo, había un error, en ese tiempo era abril. Intentó cambiar de hoja pero antes de que pudiera, escuchó un fuerte zumbido, luego la cucaracha le pasó frente a sus ojos. ¿Alguien sabe por qué cuando vuelan, las cucarachas no parecen cucarachas?
Ahí estaba la guerrera, enfrentándose valientemente, riéndose, mofándose de un ser que puede ser más de un millón de veces más grande que ella. Raymundo –por fortuna- vio dónde aterrizó y rápido la mató de un agresivo pisotón. Se sentía realizado. Con el pie la empujo hacia una esquina, apagó la luz y se echó a dormir. Sin concebir el sueño, vio una nueva mancha en la pared, por curiosidad prendió la luz y efectivamente, era otra cucaracha, se preguntó si también volaba, antes de que pudiera averiguarlo la mató a quemarropa sobre la pared. No lo podía creer, ¡dos cucarachas en una noche! Un especie de record para la invasión de animales desagradables en su cuarto. No estaba acostumbrado a recibir visitas imprudentes. También la empujó hacia donde estaba el primer cadáver, que por cierto tenía ya unas cuantas visitas de hormigas; percibió que nunca había visto hormigas voladoras, o a lo mejor sí y las confundió con una mosca o mosquito. Idea que pronto rechazó.
Con la luz prendida y el monótono ruido del abanico, sólo se sentó en la cama, vio que había una pequeña mancha de sangre en la pared, y estaba muy cerca del aire acondicionado, ¡claro, entran por los orificios libres que hay entre la pared y el aparato! Rápido tapó el orificio horizontal con un tuvo viejo, y el vertical con unos cables del Internet, también viejos. Luego especuló que en alguna casa vecina rociaron insecticida, y recordó vagamente que el día anterior su padre le dijo que vio una rata, rosa y pequeña.
Volvió a prender la televisión, le cambió al canal de animales y curiosamente había un documental sobre cucarachas. Lo que más le sorprendió, y alarmó, fue el dato que decía que si ves a una cucaracha en tu casa, podría haber miles en la misma. Y el que una cucaracha puede sobrevivir hasta nueve días sin cabeza, tras morir de hambre. Raymundo mejor apagó la TV y se volvió acostar, pero ahora con la luz prendida y siempre alerta, sin ánimos de dormir, sabía que iba a ser una noche larga.
Tras no ver ninguna otra invasora, llego poco a poco el sueño. Estaba entre el sueño y la realidad cuando sintió como si le pasaran un hilo por el pie, no le tomo importancia, pues estaba más dormido que despierto. Después sintió como si le hubieran echo cosquillas en las plantas de los pies, abrió los ojos, voltio al otro extremo y no estaba solo en la cama, ahí se encontraba una posible prima hermana de las primeras dos cucarachas. De un salto salió de la cama, con el guarache intentó bajarla, pues no la iba a matar en el lugar donde dormía, no pudo bajarla y la cucaracha se escapó hacia el fondo del cuarto donde se encontraban los cajones con su ropa, discos, libros y tele; abriendo los cajones y pegándole a la cómoda, la cucaracha salió, pero acompañada de otras dos, ¡y las nuevas eran voladoras! Raymundo quería explotar de miedo, sueño, angustia, asco, coraje e impotencia. Primero eliminó a la que le estaba haciendo cariñitos en la cama, después pisó a una voladora que estaba cerca de la puerta, y la otra se escapó. Raymundo no lo podía creer, había matado a cuatro cucarachas en menos de dos horas, ¡la cantidad que había matado quizás en cinco años! ¡Y una seguía libre!
A Raymundo le era imposible pensar en un posible nido de ‘cucas’ detrás de la tele, porque las que había salido eran grandes y algunas voladoras, así que no tenía idea de dónde provenían las antedichas huéspedes.
Tras haber leído la teoría darvinista y la selección natural, se quejó de la humanidad por haber inventado un insecticida. Pues por ejemplo, cinco de las diez cucarachas roseadas de veneno sobreviven, por lo que quiere decir que estas cinco tienen mejores defensas, son más fuertes y aspiran a ser mejores; estas se reproducen y sus genes poderosos prevalecerán en sus crías, y en las crías de sus crías y así sucesivamente, hasta que después de muchos años probablemente tengamos cucarachas resistentes a todo, que puedan respirar bajo el agua o convertirse invisible para el ojo humano. Entonces los humanos no dominaremos el mundo.
Raymundo, como buen escribano, decidió documentar la contingencia con las cucarachas. Tomó una pluma y en el primer papel que vio escribió: “Quisiera tener poderes que me hagan percibir vidas de cucarachas en este cuarto, muy aparte de la mía, así, si no percibiera vidas, significara que no hay cuc…”, de pronto la pluma dejó de brindar tinta, fue por otra pluma que tenía en su mochila que estaba sobre un clavo en la pared de la puerta, abrió el cierre, metió la mano para sacar la pluma y se encuentra ni más ni menos con centenares de cucarachas, ¡en la mochila! Muchas de ellas salieron volando, otras caminando asustadas. Raymundo ahora sí se asustó en serio, rápido abrió la puerta y bajó corriendo las escaleras, al ir bajando a la sala se dio cuenta que sus padres estaban leyendo el periódico, a esas altas horas de la noche. Tras un grito desesperado pudo atraer la atención de los papás, ellos voltearon y a la media vuelta, Raymundo se desvaneció, pues sus padres tenían cabeza de cucaracha, una cabeza babosa y negra con grandes antenas que llegaban hasta el techo.
Raymundo despertó en su cama, tranquilo, era de mañana, todo estaba en su lugar, sin cucarachas; luego empezó a gritar, llegaron sus padres a tratar de calmarlo pero Raymundo no dejaba de moverse eufóricamente en la cama. ¿Cómo es que un sueño te puede traumatizar?

jueves, 8 de abril de 2010

Un cuento sobre nada


Pienso en los peores momentos de mi vida: me resbalo en un bache durante unas fiestas patronales. No hay donde esconderse—mis quince minutos de fama me abruman. Ahora (en este momento como en todos) da igual vivo que deferido—los que no están presentes tendrán tiempo de sobra para ver. Lo cierto es que solo las imágenes interesan, la repetición instantánea (me repito: repetición instantánea). Por consecuencia, me será imposible (¡imposible!) salir de mi casa sin escuchar risas burlonas, carcajadas aburridas. Cumplo 18 años. Al despertar no abro los ojos; no tengo porque. Si no hiciera tanto calor me cubriría con la sabana de pies a cabeza. A cambio el sudor mezclado con lágrimas secas me cubre la desnudez. Agarro la almohada (la palabra almohada me hace pensar en una lectura que dio mi profesora de historia sobre las palabras de origen árabe—fue la primera vez en mi vida que mire una palabra como una cosa viviente) y me la acomodo entre las piernas pensando en Abril.


Tarde o temprano hay que enfrentarse a los problemas, me digo en esta mañana soleada, caliente, e ideal para el turista—un infierno para mí. Me levanto. O más bien, me levantan. Aunque dejo instrucciones específicas (¡no estoy disponible ni para Dios!) mi hermana me pasa el teléfono. Reflexiono sobre los peores momentos de mi vida: Abril se habrá enterado de mi incidente vergonzoso, querrá saber que hacia en la fiesta sin ella, y de seguro se interesara en la chica que me ayudaba, que me sacudía el pantalón…que me acariciaba la piel herida. Una explicación no es mucho pedir; no le concedo nada-—aun escucho las olas chocar contra las piedras inmóviles. No debo engañarla, lo se. Ni debo pretender ser algo que no soy capaz de ser. Guapo, por ejemplo. Tengo cara larga y cuadrada, y los labios jugosos (dicen) pero mi nariz chica no le cae muy bien, no cuaja con lo demás. Por eso me dejo el cabello largo, para cubrir mis imperfecciones, específicamente las orejas. (Misdirection: el mago carismático entrega la mano izquierda al ojo del público mientras manipula con la derecha). No debo decir la verdad, tampoco—no debí mentir. El pasado, el presente y el futuro, poco valor tienen cuando se trata de remordimiento involuntario. Conflicto fabricado.


Solo tengo que regresarle la llamada. Decirle, entre algunas cosas: la verdad. El peor momento de mi vida no fue la resbalada. Hay peores cosas, mucho más dolorosas que caídas. Un mal paso, un paso irresponsable, irregular, y simultáneamente acelerado y lento es a lo que me refiero. Le regreso la llamada. Ahora hablo. Haberte tenido me subió a la cabeza—me intoxicó. Luego le llega su turno. Ella consigue su venganza. No habla. Ha dicho todo lo que se propuso decir; su silencio lo deja claro. Pasa otro día. Tengo 18 años más veintitrés horas--bueno, casi un día. Mi vida solo comienza dicen los adultos. Soy joven además, no tengo porque ir de prisa. Y luego nada, pasa el tiempo.Nada. Y nadan los turistas en nuestras aguas turquesas e orillas blancas y estrechas como si nada. Varias semanas pasan (he perdido la cuenta) y no la puedo olvidar (no recuerdo el peor momento de mi vida, tal vez porque lo vivo aun muy de cerca). Duro estudiar con falta de interés. Me pesa la mochila y me alienta el apetito. Camino hacia la plaza, y frente a la iglesia me como un perro caliente. Suenan las campanas. Se me ocurre una idea. Voy a la oficina de correos. No quedan sobres. Es una mujer de edad avanzada quien me atiende, no debería estar trabajando, debería estar jugando con sus nietos, ¿yo que se? viendo televisión. Pero no, trabaja en vez (¿y para que preguntarle por qué?) cuando ni siquiera puede explicar, no encuentra palabras para hacerme entender que sencillamente no tienen sobres. Me hecha un cuento: el encargado del inventarió lleva dos días sin venir al trabajo, dice que no se siente bien, pero todos saben que no viene debido a que sospecha que su mujer se las pega. Claro, su mujer no le puede poner los cuernos cuando el se encuentra en casa, sigue la señora, con expresión inocente. Y ahí va, por esa razón no hay sobres, añade, en fin. Me marcho sin sobre.


Cuentos. Excusas.¿Son excusas los cuentos o cuentos las excusas? Ya no se nada y entiendo menos. Y a los 18 además. ¿Que sabré a los 21 o a los 42… y que entenderé a los 60? Tal vez solo que Abril se me espumó de entre mis dedos largos y torpes. Tal vez lo mejor es centrarse en lo mínimo. Si, en las olas.Para hacer un cuento aburrido un cuanto menos aburrido, les diré que la postal solo queda a una cuadra de la mar (debido al calentamiento mundial la marea sigue creciendo a través de los años, por consecuencia, la orilla del mar en nuestro pueblo cada vez se distingue mas por la piedras afiladas que por la arena fina). Me quito la camisa; me dejo puesto el pantalón-- aunque antes escribo una nota que coloco encima de la camisa sobre la piedra más alta, el punto mas seco. Decido zambullirme en el agua. De nada vale el tiempo que nos sobra, Abril, concluye la carta: la vida en fin es un cuento sobre nada.


Raúl Padilla Ferrer

martes, 6 de abril de 2010

El secreto de Raymundo

Sus cabellos estaban accidentalmente amarrados en la cabecera de la cama cuando Doña Susana, la madre de Raymundo, lo llamó para que desayunara. No era ni las siete de la mañana cuando él ya pensaba en aquello que lo hacia vibrar, un fuerte entorpecimiento del cuerpo con una cálida sensación genital. En aquél desayuno frio de noviembre, al ver dos huevos estrellados y una tira de tocino en el medio de estos, misteriosamente se enteró cómo y qué hacer para sentir más fuerte la sensación genital con la ayuda de su torpe y apaciguado cuerpo, en especial las manos. Después de la escuela, con la privacidad de su cuerto oscuro, el poder mental para concentrarse en lo que desea y sobre todo, en las caricias de su cuerpo tangible, más tangible que nunca; sus ojos se blanquearon ocasionalmente, su pulso se aceleró y el pie derecho vibró desmesuradamente por un minuto.

Raymundo, naturalmente, sintió que había hecho el más grande descubrimiento a sus cortos y a la vez largos doce años. Doña Susana se preguntó por qué su hijo habla mucho con su padre, por qué dura horas en el baño, cómo fue que de pronto su colchón se manchó y sobre todo, cuándo fue que perdió a su hijo, a sus doce años.

domingo, 4 de abril de 2010

¿cómo sería la vida en el futuro con la mariguana legalizada?

4 de abril del año 2110

Son las seis de la mañana, hace frio y a Roberto ya le urge -para el frio- lo que le llaman cigarricidio, un cigarro de Cannabis Sativa. Prende la televisión en el canal comercial, se da cuenta que una empresa de clase mundial vende un conducto de aire grupal, donde más de ocho personas pueden fumar al mismo tiempo o a destiempo, el anunciante era un hombre albino totalmente pelón, con traje azul y una corbata amarilla, lentes sin vidrio y tenía una voz chillona, como si hubiese comido helio.

- Como pueden observar, mis amigos sobre la pantalla, no sólo pueden fumar marihuana, sino también tabaco. Y en la compra del conducto les regalamos una dosis personal de tabaco durante un mes. Pero si llaman ahora, en los próximos cinco minutos, les regalamos sin compromiso el tubo filtrador que hace salir del cuarto todo el humo, para que nadie se entere que estas fumando con tus cuates y no lleguen los molestosos vecinos a pedirte de tus plantas.

Roberto pensó en sus amigos: hacer coopera y comprarlo. Pero en especial pensó en el Clavijas, el chico con más dinero de la cuadra, su papá tiene tierras con marihuana plantada y su mamá se dedica a hacer pócimas curativas con esta misma planta, sólo que ella no usa transgénicos, tenía fama de curar a los asmáticos.

Roberto tenía que llegar a la escuela a las siete, y ya eran las siete con diez, una vez más se le hizo tarde por quedarse pensando en su sillón. A las 7 con veinte se dio cuenta y rápido tomó su bicicleta, se fue por El Sendero del Perdedor saludando a todos los amables vecinos, varios de ellos aun escuchando las antiguas canciones de Bob Marley.

Al llegar a la escuela, antes de entrar al salón de clases, se da cuenta que su madre no le puso en la lonchera su cotidiano cigarro, y ni le había hervido la planta en su tetera, por eso le tuvo que pedir a su compañero Lorenzo, vecino de doce años de edad, un año mayor que él, dinero para ir a la tienda a comprarse un cigarricidio y un té.

Pasaron las horas de clases, la maestra de Ciencias Naturales habló del aparato reproductor femenino, de las células madres y de las neuronas, que con qué no se regeneran y con qué se mueren. El maestro de Educación Cívica les comentó algunas obligaciones de los ciudadanos, como fumar en lugares correctos. Para finalizar, el maestro de historia les contó cómo a principios del siglo pasado la marihuana era ilegal, así como consumirla o venderla, y toda la gente que moría con esa prohibición.

Todos los alumnos salieron impactados de las clases, algo confundidos y muy pensadores. Después de media hora de las clases, a las dos de la tarde, Roberto y sus amigos fueron al bosque a fumar, lo de siempre, sólo que esta vez ninguna retroalimentación. Callados, fumando, viendo las aves, preguntandose: ¿por qué vivimos así?

be continuet....

lunes, 29 de marzo de 2010

Memoria de mis colonos tristes

Las abuelas, que apenas pueden caminar porque su día es demasiado cansado por cuidar a sus nietos, ya que la nueva modalidad de los adultos es hacer de la abuela una guardería, andan más quejumbrosas que nunca por la falta de agua en el puerto, una ciudad que cualquiera pensaría que lo que menos le hace falta es agua.

Los colonos del Infonavit Playas, Prados del sol, Jacarandas y no se diga la Benito Juárez, sólo por mencionar algunos, van cabizbajos a trabajar y llegan enojados al hogar, todo por tener que trabajar doble física y emocionalmente, ya que tienen que ir por agua a otro sitio, en la mejor de las suertes ahí afuera de su casa, pero en una de las peores tienen que recurrir con la cara de pena al vecino, que por cierto ya se hartó de que toda la cuadra le esté pidiendo agua, ya que el líquido del aljibe también se acaba.

Una de tantas cuestiones entre las personas es: ¿por qué no hay agua aquí y en los hoteles y casas más lujosas sí hay? Como de costumbre, el Estado mexicano aplicando el desdén hacia su pueblo. Y ahora miles de mazatlecos no tenemos agua.

En México y en otras partes del mundo el agua es mucho más barata y accesible que por ejemplo China. Un líquido tan vital como el agua es sumamente barata, y algo tan superfluo como la cerveza es muy cara, además de que la concurrencia sí la prefiere, así: con mal sabor y con alto precio.

martes, 9 de febrero de 2010

Todo lo que pude haber hecho sufrir

Bruno se encuentra bajo la ventana de aquella chica de faldas largas que por años había soñado húmedamente, una morena insaciable con cuerpo de inmigrante y cabello de gitano, de suprema majestuosidad, era una perfecta mina de oro, se cuidaba sus más furtivos rincones del cuerpo, como representando un pacto con el creador de todo lo visible e invisible. Esa chica de dientes perfectos y caminado estrecho, era la que Bruno esperaba para llevarla a cenar, lástima que era una joven y promiscua testigo de Jehová.

Bruno no sabía que era más promiscua que ambigua, mas él tenía claro que si le proponía empezar el escarceo erótico, ella aceptaría, pues a sus 16 años no había mujer adulta que no le buscara. Sólo que Bruno no la quería hacer sufrir, pues su familia, Los Buenmiembro, tenía la fama de dos cosas: de hacer sufrir a las mujeres y hacerlas feliz. Depende de qué anchura de mujer lo diga.

Subieron al coche, a su lado había una pareja besándose con la música en alto, se apreciaba paulatinamente la extraña melodía de algún grupo argentino: no me importa si sos pobre, no me importa tu religión, sólo me interesa estar contigo algunas horas durante la noche, abrasarte, besarte y pasarla bien sin ver televisión, sólo imaginación. Sara, la susodicha promiscua, no le tomó importancia pero Bruno sí, por eso manejo cabizbajo hasta llegar al Yellow submarine, un restauran americano que se había inaugurado el pasado 12 de diciembre por el día de la virgen.

Una vez en el restauran, Bruno pensaba en la noche de pasión que le regocijaba la conciencia, por aquella canción del coche de enseguida, se aguantó y sacó platica sobre el clima, algo muy aburrido que duro más de diez minutos. Cuando terminaron de cenar, al pasar por el Motel Como Dios manda, Sara, después de bombardearlo con miradas sensuales, preguntó que qué seguía para la noche, Bruno contestó que ya iba a ir a dejarla a su casa porque estaba muy cansado e iba a ir a la escuela.

Al día siguiente Sara murió porque una salchicha se le quedó atorada en la garganta, pero antes de eso, había escrito en su diario: Bruno ni siquiera me tocó, yo quería jugar con él toda la noche, quería sufrir interminablemente.

Bruno sólo pudo decir: Todo lo que pude haber hecho sufrir

martes, 26 de enero de 2010

Los pelos de Genaro

Los pelos de Genaro

Era el 26 de enero del 2010 y ya faltaban cinco minutos para la hora de entrada cuando Genaro, el dueño de esa sonrisa peculiar y pícara que estremecía a las chicas de la casa de enseguida, aun peinaba sus rebeldes y longevos cabellos; como era de costumbre, él se bañaba y desayunaba en diez minutos (cinco minutos para cada virtud), y se peinaba en los restantes veinte. Cuando en el pueblo se hablaba de la familia de Genaro, enseguida sicológicamente los colonos vomitaban pelos, nadie nunca supo por qué, ni Doña Juana, la curandera y clarividente social. Resulta que la madrugada de ese agitado 26 de enero, había soñado que le quitaban lo único que le traía placer: Sus cabellos. Su sueño fue algo raro, una de sus novias, Hortensia, tramaba un truculento suceso: quitarle esa cabellera que tanto molestaba al momento de hacer el amor.Durante su estancia en el camión, Genaro se mostraba inquieto y pensante mirando por la ventanilla, un jardinero sacaba sus poderosas y amenazantes tijeras para cortar sigilosamente las hojas que Genaro, relacionó con sus pelos. Para él todo era una señal, desde ver el desgastado pelaje del trapeador de Justo, el conserje, hasta la peluca de Homero, su maestro de Matemáticas. En el trance, Genaro claramente escuchó a su cabellera decir: "No dejes que nos corten, no te asustes, soy un pensamiento, producto de tu aburrimiento; pero por nada dejes que nos corten, somos tu vida". Ahora el problema estaba fuera de control como su barba, y aumentó cuando recordó que se acercaba peligrosamente el 14 de febrero, y la nostalgia; pues nada o muy tonto, tenía dos novias en el mismo vecindario, algunos dicen que es por la magia ambigua del cabello. Resulta que después de haber pasado un día de señales, llegó a su casa luego de ir a ver a Petronila, su otra novia. Cansado mental y físicamente se echó a dormir. Su madre, Doña Silvia, una mujer anciana que enfermaba estaba y que solía presumir que su familia venía de origen alemán (razón para que le llamaran la 'loca alemana'); estaba ansiosa de ver dormir a su hijo para poder cortarle con mayor facilidad sus pelos, y así divorciarse de los ‘argüendes’ y de las risas del pueblo. Agarró con la mano derecha las tijeras que le regaló su padre y con ímpetu placentero corto peligrosamente los pelos de Genaro. De ahí en adelante, Genaro ya nunca se volvió a ver en su caballo, presumiendo por todo el lugar que su pelo era más denso que el del animal. Ahora sólo se escucha la extrañeza y las cuestiones del pueblo, qué pasó con Genaro; los niños contestaban que se lo comió la tierra; los adultos creyentes sostenían que Jesucristo bajó y se lo llevó para hacerlo el "Dios del pelo". Y la minoría ignorante se mostraba indiferente. Lo que nadie nunca supo, fue que Genaro se encontraba bajo la cama lamiéndose el dedo de una mano y con la otra untándose frijoles con cebolla, que para recuperar su vida.

lunes, 25 de enero de 2010

El secreto de Raymundo

El secreto de Raymundo


Sus cabellos estaban accidentalmente amarrados en la cabecera de la cama cuando Doña Susana, la madre de Raymundo, lo llamó para que desayunara. No era ni las siete de la mañana cuando el ya pensaba en aquello que lo hacia vibrar, un fuerte entorpecimiento del cuerpo con una cálida sensación genital. En aquél desayuno frio de noviembre, al ver dos huevos estrellados y una tira de tocino en el medio de estos, misteriosamente se enteró cómo y qué hacer para sentir más fuerte la sensación genital con la ayuda de su torpe y apaciguado cuerpo, en especial las manos. Después de la escuela, con la privacidad de su cuerto oscuro, el poder mental para concentrarse en lo que desea y sobre todo, en las caricias de su cuerpo tangible, más tangible que nunca; sus ojos se blanquearon ocasionalmente, su pulso se aceleró y el pie derecho vibró desmesuradamente por un minuto.
Raymundo, naturalmente, sintió que había hecho el más grande descubrimiento a sus cortos y a la vez largos doce años; a partir de ahí. Doña Susana se preguntó por qué su hijo habla mucho con su padre, por qué dura horas en el baño, cóimo fue que de pronto su colchón se manchó y sobre todo, cuándo fue que perdió a su hijo, a sus doce años.

Fin

viernes, 22 de enero de 2010

Infinita Tristeza

Los meses desperdiciados de Genaro, Infinita Tristeza


Genero al no ver su bicicleta montaña con galón para portar agua, que tanto anhelaba; empezó lo que su madre le llamaba Infinita Tristeza, infinita porque para ella no tiene fin y tristeza porque no está feliz, respondía cuando los chilpayates de la vecina le preguntaban interesantes. Genaro corrió, corre y correrá más que un comerciante en domingo, fácilmente recorría 5 veces el pueblo sin interrupción alguna, pues no paraba hasta encontrar una pieza más para la razón que lo hacía andar tan rapido: una bicicleta que lo aliviara de tanto correr. Después de encontrar la pieza y echarla al canasto de tenía de pintado color negro "armar bicicleta", dormía pensando en el aire fresco de las montañas.
Entre el calor del día y el monótono ladrido de perros, Genaro Sabino, después de correr seis meses y 16 días; se percato que ya estaba lista su bicicleta.
Entonces desde ese día, Genaro no volvío a salir del cuarto de cosas olvidadas, excepto para necesidades biológicas próximas y cortarle las uñas a su abuela, que recientemente perdió el ojo derecho por consumir demasiada mariguana. Pasó exactamente 6 meses y 16 días dentro del cuchitril armando la soñada bicicleta. Cuando salió a disfrutarla, jamás iba a imaginar que el trator de su papá se iba a meter en su camino, matándolo a él y a su bicicleta. Las palabras que se le escucharon decir antes de morir fueron -mis meses desperdiciados.

fuente> El Pueblo