Percibimos la realidad, la interpretamos; despues la criticamos y la analizamos, luego proponemos y la transformamos.
Justina estaba escribiendo un relato sobre el transporte público. Tenía una extraña obsesión por el tren ligero y su operador. Creía que el silencio del conductor era de los silencios más riesgosos y erógenos.
Terminó su relato en primera persona en donde el narrador era el conductor del tren. La historia estaba influenciada en gran medida por el Marqués de Sade, en donde lo más importante es satisfacer los más sucios instintos fantásticos, únicamente sexuales.
El relato ya tenía semanas de haberse escrito y aun no había sido leído, ni siquiera por ella misma. Hasta que un mes después su madre lo descubrió, estaba bajo llave en aquél ropero viejo. Cuando lo leyó, por un momento pensó que su hija tenía serios problemas mentales. Pero después agradecería haber encontrado la llave del ropero y sentir los placeres de un texto como ese.
Ese mismo día Justina llegó a las once de la noche. Fue el día en que se desencadenó una sarta de eventos memorables. Su madre había pegado con un imán el relato en el refrigerador como una forma de regaño a manera de halago; su hermana ya lo había leído y fue cuando el texto dejó de ser fantasía sólo de Justina para ser parte también de su pequeña familia; incluso meses después Justina se enteraría que su hermana junto con su madre iban todos los fines de semana a la línea más lejana del metro a satisfacer las realidades del relato.
Pero Justina ese día llegó con una sonrisa dibujada en el rostro, y no se enojó, sólo arrancó los papeles del refrigerador y aunque se sentía invadida, se fue tranquilamente a la cama a recordar lo sucedido ese día: había roto por fin el silencio de un chofer de tren, estuvo dando vueltas con él andén por andén, por largas horas. El nombre del chofer era Ricardo, alias Don Ricardo, y tenía aspecto nonagenario pero tenía sesenta años, era una antigüedad que podía presumir de una saludable erección. Intercambiaron números de teléfonos y quedaron en que el próximo domingo harían lo mismo. Por fin Justina fue parte de ese silencio y quería seguir siéndolo, quería dormir en el silencio del conductor del tren.
De pronto apareció su madre en el marco de la puerta pidiendo una justificación del texto, como cualquier incomprensible maestro de narrativa. Justina se sintió más invadida y lo que hizo fue salir corriendo. Eran las once y media y aun faltaba media hora para la última corrida del tren. Le marcó a Don Ricardo, corrió al andén y esperó a que llegara con sus vagones. Tardó diez minutos. Subió al primer vagón, con Don Ricardo, y cuando todavía faltaban cinco estaciones para llegar a la terminal, Justina le leyó el relato.
A Ricardo se le empezó a parar lentamente el miembro, Justina lloraba y leía muy sutil, tocándose los senos como si los estuviera conociendo apenas, así como cuando tocamos lo somero del pasto con la palma de nuestras manos. A Don Ricardo se le terminó de parar el pene. Detuvo el tren en medio del penúltimo túnel y antes de que Justina concluyera su lectura, la despojó de sus bienes materiales y la penetró frente a las últimas personas que miraban con cautela desde el primer vagón. Fue una penetración sumamente silenciosa y erógena, como el silencio que Justina amaba.
Don Ricardo al día siguiente ya no pudo conducir más, quería ser como Justina, quería ser Justina: quería estar al lado de un conductor y narrarle el relato. Por eso renunció a su trabajo, sin importarle su familia, pero aun así todos los días se le vería en algún tren, difundiendo el relato de Justina y teniendo sexo desenfrenado con los conductores.

Sus cabellos estaban accidentalmente amarrados en la cabecera de la cama cuando Doña Susana, la madre de Raymundo, lo llamó para que desayunara. No era ni las siete de la mañana cuando el ya pensaba en aquello que lo hacia vibrar, un fuerte entorpecimiento del cuerpo con una cálida sensación genital. En aquél desayuno frio de noviembre, al ver dos huevos estrellados y una tira de tocino en el medio de estos, misteriosamente se enteró cómo y qué hacer para sentir más fuerte la sensación genital con la ayuda de su torpe y apaciguado cuerpo, en especial las manos. Después de la escuela, con la privacidad de su cuerto oscuro, el poder mental para concentrarse en lo que desea y sobre todo, en las caricias de su cuerpo tangible, más tangible que nunca; sus ojos se blanquearon ocasionalmente, su pulso se aceleró y el pie derecho vibró desmesuradamente por un minuto.
Raymundo, naturalmente, sintió que había hecho el más grande descubrimiento a sus cortos y a la vez largos doce años; a partir de ahí. Doña Susana se preguntó por qué su hijo habla mucho con su padre, por qué dura horas en el baño, cóimo fue que de pronto su colchón se manchó y sobre todo, cuándo fue que perdió a su hijo, a sus doce años.
Genero al no ver su bicicleta montaña con galón para portar agua, que tanto anhelaba; empezó lo que su madre le llamaba Infinita Tristeza, infinita porque para ella no tiene fin y tristeza porque no está feliz, respondía cuando los chilpayates de la vecina le preguntaban interesantes. Genaro corrió, corre y correrá más que un comerciante en domingo, fácilmente recorría 5 veces el pueblo sin interrupción alguna, pues no paraba hasta encontrar una pieza más para la razón que lo hacía andar tan rapido: una bicicleta que lo aliviara de tanto correr. Después de encontrar la pieza y echarla al canasto de tenía de pintado color negro "armar bicicleta", dormía pensando en el aire fresco de las montañas.
Entre el calor del día y el monótono ladrido de perros, Genaro Sabino, después de correr seis meses y 16 días; se percato que ya estaba lista su bicicleta.
Entonces desde ese día, Genaro no volvío a salir del cuarto de cosas olvidadas, excepto para necesidades biológicas próximas y cortarle las uñas a su abuela, que recientemente perdió el ojo derecho por consumir demasiada mariguana. Pasó exactamente 6 meses y 16 días dentro del cuchitril armando la soñada bicicleta. Cuando salió a disfrutarla, jamás iba a imaginar que el trator de su papá se iba a meter en su camino, matándolo a él y a su bicicleta. Las palabras que se le escucharon decir antes de morir fueron -mis meses desperdiciados.
fuente> El Pueblo