Por ese eterno deseo insatisfecho

Percibimos la realidad, la interpretamos; despues la criticamos y la analizamos, luego proponemos y la transformamos.

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jueves, 28 de julio de 2011

INDIGENISMO CITADINO

Llevaba alrededor de ocho estaciones recorridas en metro y ya estaba hasta la madre de escuchar a los vendedores: rastrillos, lupas, engrapadoras, libros, discos, etc. En todos los vagones habrá siempre un vendedor de fruslerías. Pero el siguiente no sería un vendedor ordinario, esta vez sería diferente, la recordaría como la insensibilidad. Entró una indígena, con armónica de su abuelo, tocándola con rapidez, inflando y desinflando sus cachetes pétreos como los pezones, provocando una armonía enajenadora. Sólo ofrecía dos tonos y muchos soplidos al azar. La anciana se acercaba con rapidez para su edad prosaica: sin mirar qué pisaba enfrente, pues era ciega. En una mano llevaba un bastón y con la otra el instrumento musical. De su brazo derecho traía colgando una cubetita en donde los pasajeros del metro debíamos depositarle nuestra lástima en forma de moneda. Yo no tenía planeado darle alguna moneda porque desde hacía tiempo regalaba de esa manera mi dinero hasta que, después de vivir famélicamente, reflexioné que “está cabrón darle dinero a cada jodido que veo en la calle”. Mi madre siempre me lo dijo: eres un blandengue. Ya había decidido solidificar pero esta indígena me traía recuerdos de mis raíces, como si mis antepasados me llamaran. Cada que se acercaba a mi lugar, en donde estaba sentado, me acongojaba más y más en cada paso pequeñito que ella daba; hasta me daban ganas de llorar, darle todo mi dinero y sentirme más cerca del cielo. Pero era lo contrario, sabía que mi dinero sólo la aliviaría momentáneamente pero jamás la iba a curar. Refunfuñaba cómo diantres era posible que una señora mayor, con canas y arrugas, ciega y frágil, pueda estar caminando entre los cuerpos inertes y desinteresados. “¿Hola, cómo estás Dios? ¿estás?”. Deliraba estupideces que podrían ser las respuestas: la necesidad, el gobierno, los astros, Dios, el sistema, el neoliberalismo, el narcotráfico, el fútbol.

Pero a la única certeza que llegué es que los indígenas deberían ser los pobladores más dignos de México.

Entonces pasó frente a mí, chocando su bastón en el piso. Su armónica era hermosa, color amarilla y ensalivada, vieja; por un momento pensé que el sonido había absorbido al tiempo, es decir, como si la armónica hubiera capturado a los segundos y en cada soplido que la anciana daba, pasaba un segundo frente a mis sentidos, con rapidez y armonía.

Le coloqué en la cubetita cuarenta y cuatro pesos, lo que me había sobrado del billete de cincuenta con el que pagué dos boletos del metro. Recordé a mi madre. Después a mi abuela, y al final a la bisabuela, que había muerto de ochenta y tantos años unos meses atrás. Morenas, trabajadoras, cocineras, ejemplares. Gachamente espirituales, bondadosas y hasta mitológicas.

La anciana terminó de recolectar dinero en el vagón donde iba y salió de él tan deprisa que pudo entrar a otro más en el mismo tren. Finalmente, a tumbos entró a otro vagón.

Pero... ¿Alguien más habrá sentido en ese otro vagón lo que yo sentí?

sábado, 26 de junio de 2010

Crónica de un viaje desesperado

Son las 6 de la mañana. Hay que levantarse para salir de viaje.
Comimos un desayuno completo, alguien puso en el vaso de la licuadora leche con chocolate, plátano, un huevo, manzana y avena, con una taza para cada quién bastó. Después preparamos sándwiches y empacamos frutas y un tequila. Salió el sol. Salimos de la casa y la familia nos deseó suerte. Nos propusimos no gastar dinero hasta llegar a nuestro destino: Guadalajara. Yo llevaba cien pesos, dos más traían consigo alrededor de 70 y otro más, quizá el más pudiente, llevaba 300. Salimos a la avenida entusiasmados, con objetivo de agarrar un raite que nos lleve a la carretera internacional y ahí buscar suerte. Obtuvimos el raite y caminamos desde la colonia El Conchi hasta la curva que se dirige a Urías, para luego salir de la ciudad.

Podíamos sentir las últimas ráfagas de aire caliente, era octubre. Llegamos al semáforo de Urías y a nadie le parecía importar nuestro mensaje escrito en un cartón con un plumón viejo: “Raite a Villa Unión, a Tepic o hasta Guadalajara”. Pasaron varias camionetas con placas de Nayarit, Jalisco, del DF; pero nadie nos quiso ayudar de verdad. Algunos hasta se reían. Ya nos estábamos desesperando y surgieron algunos comentarios pesimistas como: “Ya hay que regresarnos a desayunar, tengo hambre”. Pero otros no tan pesimistas como: “Aguanten ‘weyes’, en cualquier momento vamos agarrar uno” y mejor nos propusimos esperar y bobear.
Ya eran las 12 del día. Vimos estacionada en una tienda a una camioneta roja con placas de Nayarit, en ella iban dos tipos, el acompañante del conductor era joven y estaba tarabiscoteado... y parecía no importarle la vida, peor que a nosotros; el conductor ya se miraba cuarentón. Le pedí un raite a Tepic, lo pensaron un rato, fueron al baño y compraron víveres, entre ellos cerveza, luego finalmente nos dijeron que nos subamos. Y ahí íbamos.

Nos fuimos por la libre, atrás en una camioneta roja con unos aparatos como sintetizadores. Una vez en la camioneta nos dispusimos a comer, bajo el sol absoluto y poderoso. Luego saqué la cámara y el tequila. Nos fuimos cotorreando y platicando todo el camino, pues nos esperaban varias horas de viaje. Todos nos preguntábamos: ¿qué hago aquí? Así, tomándonos fotos y contemplando el paisaje nublado, pasamos Tepic y ni nos dimos cuenta. Resultó que iban también a Guadalajara, qué suerte.
Por fin llegamos a Guadalajara, en el ocaso, nos dejaron en la entrada de la ciudad, por eso tuvimos que caminar un buen. Nos encontramos con un camión con el Che pintado con esténcil, no dudamos en tomarnos fotos porque somos seguidores, además de que ese día, 9 de octubre, murió él, pero de 1967.
Una vez entrando a la ciudad, llegamos a la casa de un amigo, había fiesta, nos bañamos y nos agregamos al festejo, era su cumpleaños.
Todo fue diversión, hasta el día siguiente: un poco de resaca y a dos de nosotros, los que viajamos con short, se nos quemaron las piernas por el sol del viaje, por eso nos tuvimos que poner alguna pomada barata.

En la gran ciudad, salimos al centro sólo a fisgonear porque no llevábamos dinero para comprar algún material superfluo; pero no se ocupaba dinero para divertirse y entrar en una manifestación contra la simpatía del Cardenal con el Gobernador de Jalisco a costa del pueblo. En la caminada y entre los senderos, aparte de verlos llenos de personas, vimos rondallas, monjes locos e indígenas. Vimos la necesidad cotidiana de las personas. Y a los obreros que gracias a ellos México existe. Después de pasar días vagando, en fiestas, paseos y bares, tuvimos que regresar a nuestro puerto. Tristes batallamos más en conseguir un raite de regreso y las familias se empezaron a preocupar. Esto continuará.

domingo, 25 de abril de 2010

El lugar donde la vida cobra culpa y sufrimiento

Imagínenme en misa de quince años de mi hermana. Nadie imaginó que fuera ir alguna vez a misa después de haber despertado hacia mi uso de razón y libre albedrío. Siempre he sido disidente a la iglesia y sus hipocresías, no estaba cómodo, pues efectivamente no sabía qué hacer, no sé persignarme, no pude adivinar los diálogos de los rezos pues los mencionan muy rápido. No es que sea ateo o agnóstico, de hecho creo que es irracional concebir al mundo sin un Dios, la creencia de la existencia de él es necesaria para el hombre. Sin embargo, con todas esas disidencias ahí estaba, en el lugar donde debidamente la vida cobra culpa y sufrimiento; y no es buen lugar para vivir, quizá es un factor del por qué algunos sacerdotes son bien enfermos.

Ahí estaba, representando el peor sermón de Jesús, después de que el padre celibato se callara para pasarle el micrófono a alguna de sus colegas, las sirenas de las patrullas al fondo se escucharon al mismo tiempo que la banda norteña de un carro que iba pasando y que el lloriqueo del niño de la vecina. Después que pasara el carro que traía música sobre gente que mata a gente, no volvió a pasar ni uno solo a lo largo de la misa. Una ráfaga de aire levantando polvo, tres holgazanes en la esquina esquivando el polvo de sus ojos y un perro sucio ladrando casi al compás de la música del coro. Era una tarde un tanto lúgubre, y un tanto cotidiana.

Los padrinos leyeron unas palabras devotas, seguidos de la quinceañera y de los padres de la misma. Ya estaba aburrido, y con lo asfixiante del lugar y el posible crecimiento de una ampolla en el pie a causa de la novedad de los zapatos no se puede pensar a gusto, pero eso no evitó preguntarme si los monaguillos eran victimas de pederastia, recordé que un compañero de la secundaria era monaguillo de esa misma iglesia, siempre fue problemático y enigmático, no quiero hacer conclusiones. El sacerdote se miraba buena persona, hacia chistes comprometedores, aunque no fuera buena la broma el pueblo se reía, siempre se ríe de los chistes sacerdotales por que si no se ríe nos vamos al infierno. Cuando salen esos chistes dan hartas ganas de quitarle el micrófono y decirle que me cuesta mucho trabajo creer en su Dios, un Dios que se basa en el sufrimiento de la tierra para poder ser felices eternamente en el paraíso, y que además no puedo estar eternamente en el paraíso con semejante persona que todo ve, que está en todos lados, que todo lo sabe, que todas las cosas que pasan es porque él quiso, que mata a miles en Haití después de que ese pueblo literalmente ya estaba muerto.

El padre citó un libro escrito por un famoso psicólogo, se llama “El arte de amar”, y dijo que muchos se acercan a Dios para que les vaya bien en el trabajo y ganar más dinero. Y es cierto. Muchas pero muchas personas que conozco sólo van a misa cada venida del Papa o cuando se enferman, y sin embargo se creen católicos, se van de fiesta y hacen miles de pecados un sábado, y al domingo siguiente se confiesan y ya todo está resuelto. Como si en uno de los pecados hayan contraído SIDA y al confesarse desapareciera. No alimentan al espíritu y descienden a la hipocresía moral.

Al finalizar la misa llevé –en el carro- a la fiesta a mis abuelos maternos y a una vecina de la misma condición. Mi abuela iba diciendo que el Padre dio muy bonita la misa y que era buena persona, que hay unos Padres bien sangrones, como el de la López, que un día no le quizo bendecir agua que por que no iba seguido a la Iglesia, y si seguía así se iba a ir al infierno, lástima que mi abuela sólo se pudo defender con que aun es ama de casa, lo cual no es pretexto. Descreer es muy difícil, pero ya le advertí a mi madre que no volveré a ir porque que en la iglesia fui peor que un preso que lo buscan readaptar en la cárcel, como el ratón que vi en la fiesta huyendo con un pedazo de tortilla, asustado y con la pregunta si volveré.

martes, 6 de abril de 2010

El secreto de Raymundo

Sus cabellos estaban accidentalmente amarrados en la cabecera de la cama cuando Doña Susana, la madre de Raymundo, lo llamó para que desayunara. No era ni las siete de la mañana cuando él ya pensaba en aquello que lo hacia vibrar, un fuerte entorpecimiento del cuerpo con una cálida sensación genital. En aquél desayuno frio de noviembre, al ver dos huevos estrellados y una tira de tocino en el medio de estos, misteriosamente se enteró cómo y qué hacer para sentir más fuerte la sensación genital con la ayuda de su torpe y apaciguado cuerpo, en especial las manos. Después de la escuela, con la privacidad de su cuerto oscuro, el poder mental para concentrarse en lo que desea y sobre todo, en las caricias de su cuerpo tangible, más tangible que nunca; sus ojos se blanquearon ocasionalmente, su pulso se aceleró y el pie derecho vibró desmesuradamente por un minuto.

Raymundo, naturalmente, sintió que había hecho el más grande descubrimiento a sus cortos y a la vez largos doce años. Doña Susana se preguntó por qué su hijo habla mucho con su padre, por qué dura horas en el baño, cómo fue que de pronto su colchón se manchó y sobre todo, cuándo fue que perdió a su hijo, a sus doce años.

domingo, 4 de abril de 2010

¿cómo sería la vida en el futuro con la mariguana legalizada?

4 de abril del año 2110

Son las seis de la mañana, hace frio y a Roberto ya le urge -para el frio- lo que le llaman cigarricidio, un cigarro de Cannabis Sativa. Prende la televisión en el canal comercial, se da cuenta que una empresa de clase mundial vende un conducto de aire grupal, donde más de ocho personas pueden fumar al mismo tiempo o a destiempo, el anunciante era un hombre albino totalmente pelón, con traje azul y una corbata amarilla, lentes sin vidrio y tenía una voz chillona, como si hubiese comido helio.

- Como pueden observar, mis amigos sobre la pantalla, no sólo pueden fumar marihuana, sino también tabaco. Y en la compra del conducto les regalamos una dosis personal de tabaco durante un mes. Pero si llaman ahora, en los próximos cinco minutos, les regalamos sin compromiso el tubo filtrador que hace salir del cuarto todo el humo, para que nadie se entere que estas fumando con tus cuates y no lleguen los molestosos vecinos a pedirte de tus plantas.

Roberto pensó en sus amigos: hacer coopera y comprarlo. Pero en especial pensó en el Clavijas, el chico con más dinero de la cuadra, su papá tiene tierras con marihuana plantada y su mamá se dedica a hacer pócimas curativas con esta misma planta, sólo que ella no usa transgénicos, tenía fama de curar a los asmáticos.

Roberto tenía que llegar a la escuela a las siete, y ya eran las siete con diez, una vez más se le hizo tarde por quedarse pensando en su sillón. A las 7 con veinte se dio cuenta y rápido tomó su bicicleta, se fue por El Sendero del Perdedor saludando a todos los amables vecinos, varios de ellos aun escuchando las antiguas canciones de Bob Marley.

Al llegar a la escuela, antes de entrar al salón de clases, se da cuenta que su madre no le puso en la lonchera su cotidiano cigarro, y ni le había hervido la planta en su tetera, por eso le tuvo que pedir a su compañero Lorenzo, vecino de doce años de edad, un año mayor que él, dinero para ir a la tienda a comprarse un cigarricidio y un té.

Pasaron las horas de clases, la maestra de Ciencias Naturales habló del aparato reproductor femenino, de las células madres y de las neuronas, que con qué no se regeneran y con qué se mueren. El maestro de Educación Cívica les comentó algunas obligaciones de los ciudadanos, como fumar en lugares correctos. Para finalizar, el maestro de historia les contó cómo a principios del siglo pasado la marihuana era ilegal, así como consumirla o venderla, y toda la gente que moría con esa prohibición.

Todos los alumnos salieron impactados de las clases, algo confundidos y muy pensadores. Después de media hora de las clases, a las dos de la tarde, Roberto y sus amigos fueron al bosque a fumar, lo de siempre, sólo que esta vez ninguna retroalimentación. Callados, fumando, viendo las aves, preguntandose: ¿por qué vivimos así?

be continuet....

lunes, 29 de marzo de 2010

Memoria de mis colonos tristes

Las abuelas, que apenas pueden caminar porque su día es demasiado cansado por cuidar a sus nietos, ya que la nueva modalidad de los adultos es hacer de la abuela una guardería, andan más quejumbrosas que nunca por la falta de agua en el puerto, una ciudad que cualquiera pensaría que lo que menos le hace falta es agua.

Los colonos del Infonavit Playas, Prados del sol, Jacarandas y no se diga la Benito Juárez, sólo por mencionar algunos, van cabizbajos a trabajar y llegan enojados al hogar, todo por tener que trabajar doble física y emocionalmente, ya que tienen que ir por agua a otro sitio, en la mejor de las suertes ahí afuera de su casa, pero en una de las peores tienen que recurrir con la cara de pena al vecino, que por cierto ya se hartó de que toda la cuadra le esté pidiendo agua, ya que el líquido del aljibe también se acaba.

Una de tantas cuestiones entre las personas es: ¿por qué no hay agua aquí y en los hoteles y casas más lujosas sí hay? Como de costumbre, el Estado mexicano aplicando el desdén hacia su pueblo. Y ahora miles de mazatlecos no tenemos agua.

En México y en otras partes del mundo el agua es mucho más barata y accesible que por ejemplo China. Un líquido tan vital como el agua es sumamente barata, y algo tan superfluo como la cerveza es muy cara, además de que la concurrencia sí la prefiere, así: con mal sabor y con alto precio.

viernes, 19 de marzo de 2010

Don Trinidad, el hombre más inteligente de la familia murió

Yo estaba desayunando en el mercado universitario, cotorreando y atragantándome de unas quesadillas, como casi todas las mañanas. Muy felices mis compañeros y yo, como casi siempre. Les platicaba a mis amigos sobre la filosofía cínica (que leí en el libro El mundo de Sofía), que la fundó Antístenes, alumno de Sócrates. Los cínicos, del año 400 antes de cristo, creían que la verdadera felicidad es interna, y que no depende de lujos materiales, de poderes como el coercitivo o el político, o de buena salud. También les estaba contando sobre el más famoso de los cínicos, Diógenes, que era discípulo de Antístenes; éste habitaba en un tonel y no poseía más bienes que una capa, un bastón y una bolsa de pan, pues así no era fácil quitarle la felicidad. A manera de anécdota les narré que un día llegó Alejandro Magno a su tonel, se colocó justo enfrente y le preguntó que qué quería, que él le daría todo lo que él quisiera, entonces Diógenes sólo atinó a decirle una cosa: “Sí, que te apartes un poco y no me tapes el sol”. Ahí demostraba que no era fácil quitarle la felicidad a un hombre que sólo vive para él y como consecuencia para el bienestar social porque no le hace daño a nadie, sólo imaginemos cómo sería el mundo si nadie le hiciera daño a alguien. Para no hacer la crónica más larga, mi madre me marca y me da la noticia de que falleció un tío abuelo, que en mi parecer, era casi como el propio Diógenes.

Hombre delgado, de tez morena resultado del trabajo y del sol, bolero de niño, pescador de adolescente, ferrocarrilero de joven y cínico de viejo, creo. En esos momentos, en el momento de imaginarlo sin compañía de nosotros los que sudamos, los vivos, no pude evitar recordar cuando yo era niño, que vivía con él, porque mi papá aun no tenía casa; a la hora de comer, yo y mi hermana nos sentábamos en la sala con nuestra comida, pues en la mesa ya no cabíamos, entonces Don Trini, desde la mesa, nos aventaba pequeñas bolas de tortilla, luego le daba un sorbo a la sopa y después se mofaba volteándonos a ver de reojo, mientras nosotros riéndonos se la devolvíamos. Y mi papá nos regañaba.
Después de haberse jubilado, se dedicó a caminar por el malecón. Un día que salió a pasear como de costumbre, se dio cuenta que podía ganar dinero con seguir caminando y agachándose: juntando botes. De tal manera que su nuevo oficio, ni bueno ni malo, nos benefició a mí y a mis primos, pues el dinero que juntaba por la recolección de botes, de cada mes, nos lo regalaba y nosotros bien gustosos y deseosos nos lo gastábamos en porquerías, y la jubilación quedaba para la comida de la casa, donde vivía mis abuelos maternos, mi familia y una tía más, la hermana más chica de mi mamá. Éramos dos niños y 6 adultos, en dos cuartos.
En realidad nadie se quejaba, nunca nos quejamos, vivíamos bien a gusto con la comida suficiente y, Don Trini nos fue inculcando la idea de no dejarnos llevar por la apariencia ni por los objetos, él siempre decía –sobre todas las cosas, la panza es primero-.

Ahora, por qué digo que fue el hombre más inteligente de la familia. Como él ninguno, ni siquiera tenía cuarto para dormir, no tenía dinero en su bolsa, no tenía más de dos pares de tenis, mas de dos cambios de ropa tampoco tenía, mucho menos perfumes ni carros, no fumaba tabaco ni marihuana y no tomaba alcohol. Lo máximo que tenía era una gran canasta llena de papeles, que siempre estaba arriba del refrigerador, yo creo que había miles de papeles, escrituras de la casa, acta de nacimiento, recibos, abonos, documentos en general; era lo máximo que poseía, he aquí la comparación con el cinismo. También fue inteligente porque nunca se casó ni tuvo hijos. Me torné triste, pero fue lo mejor para él, ya tenía muy avanzado el cáncer en la próstata y sólo sufríamos. Sólo queda recordar, aunque duela, ni para qué intentar olvidar, si los olvidos también duelen.

martes, 9 de febrero de 2010

Todo lo que pude haber hecho sufrir

Bruno se encuentra bajo la ventana de aquella chica de faldas largas que por años había soñado húmedamente, una morena insaciable con cuerpo de inmigrante y cabello de gitano, de suprema majestuosidad, era una perfecta mina de oro, se cuidaba sus más furtivos rincones del cuerpo, como representando un pacto con el creador de todo lo visible e invisible. Esa chica de dientes perfectos y caminado estrecho, era la que Bruno esperaba para llevarla a cenar, lástima que era una joven y promiscua testigo de Jehová.

Bruno no sabía que era más promiscua que ambigua, mas él tenía claro que si le proponía empezar el escarceo erótico, ella aceptaría, pues a sus 16 años no había mujer adulta que no le buscara. Sólo que Bruno no la quería hacer sufrir, pues su familia, Los Buenmiembro, tenía la fama de dos cosas: de hacer sufrir a las mujeres y hacerlas feliz. Depende de qué anchura de mujer lo diga.

Subieron al coche, a su lado había una pareja besándose con la música en alto, se apreciaba paulatinamente la extraña melodía de algún grupo argentino: no me importa si sos pobre, no me importa tu religión, sólo me interesa estar contigo algunas horas durante la noche, abrasarte, besarte y pasarla bien sin ver televisión, sólo imaginación. Sara, la susodicha promiscua, no le tomó importancia pero Bruno sí, por eso manejo cabizbajo hasta llegar al Yellow submarine, un restauran americano que se había inaugurado el pasado 12 de diciembre por el día de la virgen.

Una vez en el restauran, Bruno pensaba en la noche de pasión que le regocijaba la conciencia, por aquella canción del coche de enseguida, se aguantó y sacó platica sobre el clima, algo muy aburrido que duro más de diez minutos. Cuando terminaron de cenar, al pasar por el Motel Como Dios manda, Sara, después de bombardearlo con miradas sensuales, preguntó que qué seguía para la noche, Bruno contestó que ya iba a ir a dejarla a su casa porque estaba muy cansado e iba a ir a la escuela.

Al día siguiente Sara murió porque una salchicha se le quedó atorada en la garganta, pero antes de eso, había escrito en su diario: Bruno ni siquiera me tocó, yo quería jugar con él toda la noche, quería sufrir interminablemente.

Bruno sólo pudo decir: Todo lo que pude haber hecho sufrir

domingo, 7 de febrero de 2010

Yo estaba viendo el fútbol



Ya habían pasado 10 días desde que se inauguró el museo Que Viva Sinaloa, las entradas y contactos marchaban bien. Los turistas daban vueltas y simulaban (muy bien) leer las biografías de los personajes del lugar, los niños seguían las huellas de pintura en forma de pie humano y las muchachas al fondo, en el patio, hablando del último galán. Todo armonizaba, quizá porque era un día soleado y sereno con aire marítimo de promedio, el sosiego entraba por los poros y ahí se quedaba.

Alrededor de la cuadra se escucharon carros que hacen que sus llantas se descompongan, rechinidos alarmadores y estruendos asustadores. Todos en la casa voltearon a la salida y al cielo, algunos curiosos salieron a la banqueta para saber qué cuernos estaba pasando allá fuera. Cuando menos se lo imaginaban, dos carros estilo cazafantasmas entraron a la cuadra, disparando al aire balas y palabras altisonantes.

Todos, hasta el más valiente, entraron a la casa corriendo desesperadamente, cerraron las puertas y los encargados del museo llamaron a la ineficaz policía. Uno de los amenazadores hombres gritó algo medio poético y tétrico: “nos enteramos que en este museo se expone a la gente de Sinaloa que ha sobresalido a través de los años, por eso venimos de Culiacán a hacerles una petición: queremos que pongan al Chapo, el es el más rico del planeta, y eso es una proeza”, una voz valiente dentro de la casa arriesgadamente lo interrumpió “no estén chingando”. Esa sincera respuesta y todo lo que se bebieron, aspiraron y fumaron, fue lo que desencadenó la ráfaga de balas y la pena de todo México, pues estos criminales habían matado a 6 muchachas, 14 adultos, 2 guías de museo y 8 niños. 30 inocentes.
Cuando los medios omnipresentes, omniscientes y omnipotentes llegaron, uno los polizontes públicos estaba entrevistando a un vecino, y este enseguida dijo “yo no me di cuenta de nada oficial, yo estaba viendo el fútbol”.

martes, 26 de enero de 2010

Los pelos de Genaro

Los pelos de Genaro

Era el 26 de enero del 2010 y ya faltaban cinco minutos para la hora de entrada cuando Genaro, el dueño de esa sonrisa peculiar y pícara que estremecía a las chicas de la casa de enseguida, aun peinaba sus rebeldes y longevos cabellos; como era de costumbre, él se bañaba y desayunaba en diez minutos (cinco minutos para cada virtud), y se peinaba en los restantes veinte. Cuando en el pueblo se hablaba de la familia de Genaro, enseguida sicológicamente los colonos vomitaban pelos, nadie nunca supo por qué, ni Doña Juana, la curandera y clarividente social. Resulta que la madrugada de ese agitado 26 de enero, había soñado que le quitaban lo único que le traía placer: Sus cabellos. Su sueño fue algo raro, una de sus novias, Hortensia, tramaba un truculento suceso: quitarle esa cabellera que tanto molestaba al momento de hacer el amor.Durante su estancia en el camión, Genaro se mostraba inquieto y pensante mirando por la ventanilla, un jardinero sacaba sus poderosas y amenazantes tijeras para cortar sigilosamente las hojas que Genaro, relacionó con sus pelos. Para él todo era una señal, desde ver el desgastado pelaje del trapeador de Justo, el conserje, hasta la peluca de Homero, su maestro de Matemáticas. En el trance, Genaro claramente escuchó a su cabellera decir: "No dejes que nos corten, no te asustes, soy un pensamiento, producto de tu aburrimiento; pero por nada dejes que nos corten, somos tu vida". Ahora el problema estaba fuera de control como su barba, y aumentó cuando recordó que se acercaba peligrosamente el 14 de febrero, y la nostalgia; pues nada o muy tonto, tenía dos novias en el mismo vecindario, algunos dicen que es por la magia ambigua del cabello. Resulta que después de haber pasado un día de señales, llegó a su casa luego de ir a ver a Petronila, su otra novia. Cansado mental y físicamente se echó a dormir. Su madre, Doña Silvia, una mujer anciana que enfermaba estaba y que solía presumir que su familia venía de origen alemán (razón para que le llamaran la 'loca alemana'); estaba ansiosa de ver dormir a su hijo para poder cortarle con mayor facilidad sus pelos, y así divorciarse de los ‘argüendes’ y de las risas del pueblo. Agarró con la mano derecha las tijeras que le regaló su padre y con ímpetu placentero corto peligrosamente los pelos de Genaro. De ahí en adelante, Genaro ya nunca se volvió a ver en su caballo, presumiendo por todo el lugar que su pelo era más denso que el del animal. Ahora sólo se escucha la extrañeza y las cuestiones del pueblo, qué pasó con Genaro; los niños contestaban que se lo comió la tierra; los adultos creyentes sostenían que Jesucristo bajó y se lo llevó para hacerlo el "Dios del pelo". Y la minoría ignorante se mostraba indiferente. Lo que nadie nunca supo, fue que Genaro se encontraba bajo la cama lamiéndose el dedo de una mano y con la otra untándose frijoles con cebolla, que para recuperar su vida.

lunes, 25 de enero de 2010

El secreto de Raymundo

El secreto de Raymundo


Sus cabellos estaban accidentalmente amarrados en la cabecera de la cama cuando Doña Susana, la madre de Raymundo, lo llamó para que desayunara. No era ni las siete de la mañana cuando el ya pensaba en aquello que lo hacia vibrar, un fuerte entorpecimiento del cuerpo con una cálida sensación genital. En aquél desayuno frio de noviembre, al ver dos huevos estrellados y una tira de tocino en el medio de estos, misteriosamente se enteró cómo y qué hacer para sentir más fuerte la sensación genital con la ayuda de su torpe y apaciguado cuerpo, en especial las manos. Después de la escuela, con la privacidad de su cuerto oscuro, el poder mental para concentrarse en lo que desea y sobre todo, en las caricias de su cuerpo tangible, más tangible que nunca; sus ojos se blanquearon ocasionalmente, su pulso se aceleró y el pie derecho vibró desmesuradamente por un minuto.
Raymundo, naturalmente, sintió que había hecho el más grande descubrimiento a sus cortos y a la vez largos doce años; a partir de ahí. Doña Susana se preguntó por qué su hijo habla mucho con su padre, por qué dura horas en el baño, cóimo fue que de pronto su colchón se manchó y sobre todo, cuándo fue que perdió a su hijo, a sus doce años.

Fin

viernes, 22 de enero de 2010

Infinita Tristeza

Los meses desperdiciados de Genaro, Infinita Tristeza


Genero al no ver su bicicleta montaña con galón para portar agua, que tanto anhelaba; empezó lo que su madre le llamaba Infinita Tristeza, infinita porque para ella no tiene fin y tristeza porque no está feliz, respondía cuando los chilpayates de la vecina le preguntaban interesantes. Genaro corrió, corre y correrá más que un comerciante en domingo, fácilmente recorría 5 veces el pueblo sin interrupción alguna, pues no paraba hasta encontrar una pieza más para la razón que lo hacía andar tan rapido: una bicicleta que lo aliviara de tanto correr. Después de encontrar la pieza y echarla al canasto de tenía de pintado color negro "armar bicicleta", dormía pensando en el aire fresco de las montañas.
Entre el calor del día y el monótono ladrido de perros, Genaro Sabino, después de correr seis meses y 16 días; se percato que ya estaba lista su bicicleta.
Entonces desde ese día, Genaro no volvío a salir del cuarto de cosas olvidadas, excepto para necesidades biológicas próximas y cortarle las uñas a su abuela, que recientemente perdió el ojo derecho por consumir demasiada mariguana. Pasó exactamente 6 meses y 16 días dentro del cuchitril armando la soñada bicicleta. Cuando salió a disfrutarla, jamás iba a imaginar que el trator de su papá se iba a meter en su camino, matándolo a él y a su bicicleta. Las palabras que se le escucharon decir antes de morir fueron -mis meses desperdiciados.

fuente> El Pueblo